A los que licitaban honradamente pero que nunca ganaban un concurso

por | Última actualización el 7 Mar 2019 a las 11:47PM | Publicado el 3 Jun 2018 | Adjudicaciones, Opinión, Profesión | 0 Comentarios

El pasado 30 de mayo tenía lugar la primera sesión del debate de la moción de censura al Gobierno. Independientemente de nuestras afinidades y preferencias políticas, reconocemos que algunos de los oradores y portavoces cuyas intervenciones llegan a ser difundidas tienen días buenos, intervenciones magistrales y frases que pasarán a la historia.

Ese día por la tarde, en una de las intervenciones del Grupo Mixto, el diputado portavoz de Compromís Joan Baldoví abrió su turno de palabra con una intervención corta pero que albergaba un singular mensaje. Nosotros nos vimos más o menos completo el debate de esa jornada y las siguiente mensaje no nos pasó precisamente desapercibido:

«Yo creo que el PP debería pedir perdón a todos esos empresarios que licitaban honradamente, presentaban su plica pero que nunca ganaban porque siempre ganaban los mismos: aquellos que pagaban la mordida. A las empresas amigas deberían pedir perdón; a esas empresas, a esos autónomos y a esos trabajadores que perdieron empleo porque sus empresas nunca ganaban un concurso público.»

No sabemos si sus Señorías suelen acordarse a menudo de lo duras que son algunas profesiones, especialmente aquellas que dependieron y siguen dependiendo de un sector que aún sigue cojeando después de romperse las dos piernas allá por el año 2010. Deberían, porque son los empresarios los que crean empleo, no los políticos.

Y entre todos los empresarios, al oír las palabras del diputado Baldoví, no podemos sino acordarnos de aquellos que poseen o dirigen empresas pequeñas y medianas y que en cada concurso y en cada licitación se arriesgan y son valientes. Más en este momento, en el que la cantidad de obra que sale a licitación es, por así decirlo, la justa.

Para todo concurso hay que destinar recursos, medios, gente, gasolina y por encima de todo, tiempo. Todo ello tiene un alto valor y solamente sirve para tener la oportunidad de entrar en esa lotería que es cada licitación. Valoramos mucho a esas empresas que estudian y valoran el proceso de preparación de una documentación técnica bien hecha, no importa si nos llaman a nosotros, si llaman a otros equipos o si las hacen ellos mismos.

En numerosas ocasiones nos quedaremos sin conocer el resultado de nuestros trabajos. Si alguna vez los juicios fueron objetivos, tampoco tenemos manera de saberlo. Con toda seguridad algunas de nuestras memorias y estudios se han visto favorecidos y puntuados con sucia generosidad, de la misma manera que algunas otras habrán sido tratadas con desprecio en favor de otros intereses.

Para poder continuar trabajando bien nos mantenemos ajenos a estos pensamientos nada optimistas. Es más fácil estar concentrados teniendo fe en que las valoraciones siempre serán objetivas, justas, pías.
Sin embargo, con ese periscopio que todos llevamos, sí observamos que en general se prefiere la traición a la cooperación, que es precisamente lo que se enseña cada vez más en la cada vez más privatizada universidad: obtener el máximo beneficio sin importar las circunstancias; a ganar, aunque sea a costa de la humanidad.

Exacto. «El mundo es una mierda». Y por ello, y uniéndonos al pesimismo de su autor, terminamos este breve texto hablando del libro Un mundo infeliz. Una buena manera de continuar la obra maestra de Huxley Un mundo feliz y su Nueva visita que escribió un cuarto de siglo después. En 25 años pueden cambiar muchas cosas, aunque desde luego no tan rápido como en el momento presente.

Este ensayo lo escribe Bruno Cardeñosa y en él podemos leer acerca de cosas cotidianas como el agua, el café, los teléfonos móviles, el hambre de los más cercanos, los desahucios, los lobbies en Europa, el wifi, el dinero o la comida. Hemos aprendido muchas cosas; sin embargo, y lamentándolo mucho, el libro no nos ha producido ninguna sonrisa.

Nos compramos hace poco el libro y nos lo leímos. Y después de hacerlo no hay salida: si nos creemos todo lo que nos dice, nos convertimos en cómplices y nos sentimos manipulados. Pero si no nos creemos nada y miramos para otro lado, nos sentimos manipulados y nos convertimos en cómplices. Esta ecuación imposible de resolver, esta situación de incomodidad y sonrojo es altamente recomendable.

Y eso es porque hablar de esos temas cotidianos es hablar de poder, de esclavitud, de abusos, de engaños, de inconformismo, de aceptación, de rendición, de oligarquías, de manipulación, de delitos sin castigar y de daños sin resarcir.

Por eso leer libros como éste es importante, pese a que cueste. Por eso es importante que en el Parlamento se digan y escuchen cosas como las del video. Tenemos la obligación de ser conocedores de todas estas tropelías que suceden a diario y no ser cómplices de unos y otros males ni un minuto más.

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